La comunidad mundial no ha cumplido un plazo crítico para finalizar un tratado integral diseñado para prevenir y gestionar futuras pandemias. A pesar de la aprobación del acuerdo principal en mayo de 2025, un componente vital: el sistema para compartir patógenos y contramedidas médicas sigue sin resolverse. Este estancamiento deja al mundo vulnerable al próximo gran brote de enfermedad, lo que plantea preguntas urgentes sobre la cooperación internacional y la seguridad de la salud pública.
La pieza que falta: acceso a patógenos y distribución de beneficios
El núcleo del estancamiento actual gira en torno al sistema de Acceso a patógenos y participación en los beneficios (Pabs). Para que el acuerdo pandémico de la Organización Mundial de la Salud (OMS) entre en pleno funcionamiento, las naciones deben acordar cómo manejar el intercambio de material genético de virus y bacterias peligrosos, así como la distribución equitativa de las vacunas, pruebas y tratamientos resultantes.
Actualmente, el marco Pabs está estancado en un anexo del tratado principal, lo que requiere negociaciones por separado. Hasta que este anexo se complete y ratifique, el acuerdo más amplio no puede abrirse a firmas ni entrar en vigor. Este cuello de botella técnico tiene importantes consecuencias en el mundo real: incluso si se firma el tratado, no puede obligar legalmente a los países a una respuesta coordinada hasta que se resuelva el mecanismo de distribución de beneficios.
Una profunda división entre las naciones
El retraso se debe a una desconfianza arraigada entre los países desarrollados y en desarrollo, una brecha que se amplió durante la pandemia de COVID-19. La disputa se centra en equidad versus innovación:
- Naciones en desarrollo: Grupos como el Group for Equity y el Africa Group exigen un contrato estándar obligatorio. Argumentan que si un país comparte un patógeno que conduce a una nueva vacuna o tratamiento, se le debe garantizar el acceso a esos productos médicos. Esto garantiza que las naciones con mayor probabilidad de albergar enfermedades emergentes no se queden atrás en la carrera por encontrar curas.
- Naciones desarrolladas: Varios países europeos se han resistido al intercambio obligatorio, argumentando que podría sofocar la investigación y el desarrollo del sector privado. Han propuesto un modelo híbrido que combina requisitos obligatorios y voluntarios, con el objetivo de equilibrar las necesidades de salud pública con incentivos comerciales.
Este desacuerdo pone de relieve una tendencia más amplia en la gobernanza global: la tensión entre seguridad colectiva y soberanía nacional o corporativa. Las campañas de desinformación, incluidas afirmaciones falsas de que el tratado socavaría la soberanía nacional, han complicado aún más las negociaciones al alimentar el escepticismo público.
El alto costo de la inacción
La imposibilidad de llegar a un acuerdo no es sólo un revés diplomático; es una emergencia de salud pública en ciernes. Ellen Johnson Sirleaf, ex presidenta de Liberia, y Helen Clark, ex primera ministra de Nueva Zelanda, copresidentas del Panel Independiente de Preparación y Respuesta a Pandemias de la OMS, describieron la situación como “profundamente lamentable”.
Su panel recomendó originalmente el tratado hace cinco años después de revisar la respuesta al COVID-19. Su análisis concluyó que un esfuerzo internacional más rápido y coordinado podría haber salvado millones de vidas. Advirtieron que “la falta de acción para prevenir y prepararse para la próxima amenaza pandémica es un flaco favor a la humanidad”.
El Director General de la OMS, Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, se hizo eco de esta urgencia y afirmó que la próxima pandemia es una cuestión de “cuándo, no si”. Instó a las naciones a abordar las cuestiones pendientes con renovada velocidad, enfatizando que la preparación es la única defensa contra la naturaleza impredecible de los patógenos emergentes.
Conclusión
Si bien la aprobación del principal tratado contra la pandemia en 2025 fue aclamada como una victoria para la salud pública en un contexto de fragmentación de la cooperación global, su eficacia está actualmente suspendida. Hasta que las naciones superen la división sobre cómo compartir los recursos biológicos y los beneficios médicos, el mundo seguirá estructuralmente sin preparación para la próxima crisis. La demora pone de relieve una lección fundamental: sin marcos equitativos para compartir datos y tratamientos, la seguridad sanitaria mundial sigue siendo frágil e incompleta.
































