Las Naciones Unidas emitieron recientemente una severa advertencia: el mundo ha entrado en una era de “bancarrota global del agua”, lo que significa que muchos sistemas de agua humanos no pueden restaurarse a sus estados anteriores. No se trata simplemente de una cuestión de escasez; es una falla sistémica donde la demanda supera constantemente la oferta sostenible.
La magnitud del problema
La situación no es uniforme. Algunas regiones enfrentan crisis agudas, mientras que otras están en la cúspide. Irán, por ejemplo, está experimentando una grave crisis hídrica, con embalses agotados y tierras agrícolas secándose. Esto se debe a una combinación de cambio climático, mala gestión del agua e inestabilidad política.
Expertos como el profesor Mohammad Shamsudduha del University College de Londres explican que esta crisis no es repentina. Es la culminación de décadas de prácticas insostenibles. La sobreextracción, la contaminación y la infraestructura ineficiente han contribuido a ello. La situación actual es particularmente grave porque los daños han llegado a un punto en el que es poco probable una recuperación natural sin una intervención drástica.
¿Qué significa “quiebra del agua”?
La “quiebra del agua” implica que muchos sistemas existentes no pueden volver a sus niveles anteriores de funcionalidad. Esto significa:
- Reducción de la producción agrícola: Los cultivos que requieren mucha agua se volverán insostenibles en muchas regiones.
- Aumento del conflicto: La competencia por recursos cada vez más escasos probablemente aumentará las tensiones dentro y entre las naciones.
- Desplazamiento masivo: Las comunidades que dependen de fuentes de agua que ahora no están disponibles se verán obligadas a migrar.
- Perturbación económica: Las industrias que dependen del agua (manufactura, producción de energía, etc.) se verán afectadas.
Por qué esto importa ahora
La evaluación de la ONU es particularmente alarmante porque sugiere que las soluciones convencionales –como un mejor riego o la desalinización– pueden no ser suficientes. Algunos sistemas están tan degradados que ni siquiera una inversión masiva podrá restaurarlos por completo. Esto plantea preguntas fundamentales sobre cómo las sociedades se adaptan a la escasez permanente de agua.
Las implicaciones a largo plazo son claras: el mundo debe repensar fundamentalmente cómo gestiona y distribuye el agua. Esto incluye pasar a una agricultura que aproveche el agua, invertir en el reciclaje de aguas residuales y abordar el cambio climático. De no hacerlo, se producirá una inestabilidad generalizada.
La crisis no es sólo ambiental; es geopolítico, económico y humanitario. El futuro de la seguridad hídrica se encuentra ahora en un punto de inflexión crítico.
